sábado, 12 de marzo de 2011

Parejas perdurables (continuación 19)

Mi primer año de matrimonio, abundó en alternancias de ilusoria prosperidad y falsa desgracia.
Las cosas no sucedían con meridiana claridad. Además lo hacían vertiginosamente.
Necesitaba ampliar despacho y legalizar empleados. Eso contradecía la falta de seguridad en una continuidad de clientela, por más que multiplicaba relaciones comerciales con empresas y particulares.

Andorra se acabó, pero el encargo del Ayuntamiento de Hospitalet, tenía visos de duración. La Academia, era lo más seguro, pero no lo deseado. Los proyectos de Industrias Textil Ibérica en Mollet del Vallés y Paños Margarit de Olesa de Montserrat, duraron poco más de medio año, al verse obligados a cerrar sus fábricas por recalificación Urbana.
Los trabajos que proporcionaba Morán, asimismo se redujeron, por cese del taller al fenecer su padre. Quedaba como trabajo de futuro el de Fincas Castillo, aunque al año siguiente, también se acabó.

La cuestión era que los meses transcurrían veloces, sin apenas tiempo de saborearlos Tere y yo, de modo sosegado. Las fiestas protocolarias con los colegas casados y por casar, eran casi lo único que podíamos permitirnos.
A partir de la boda realizada en Motserrat, convenimos los que residíamos en Barcelona en salir los sábados juntos para cenar, o ir al cine, o ambas cosas.

Resultó que Tere, estaba ya embarazada, cuando asistimos a la boda de Ramón y Anita en Montserrat, cosa que no lo comentó con las amigas hasta bastante más tarde, cuando ya la cosa era evidente.

En Octubre nació J.C. nuestro primogénito en la Clínica Regina, sin ningún tropiezo disponiendo a partir de entonces en casa, la compañía frecuente de su madre.
La nueva situación me hizo pensar seriamente en darme de alta en el Colegio de Ingenieros, también legalizar mi situación laboral como Autónomo y cambiar el domicilio del despacho por el de un local de mayor superficie, aunque me resistí en tomar personal fijo de plantilla. Temía por la carencia de la ansiada seguridad laboral.
Y la razón de este íntimo sentimiento, se materializó en menos de dos años. La causa original fue precisamente el Sr. Castillo.

Mi relación con el sr. Castillo, fue estrictamente profesional. Me contrató, como técnico para su organización inmobiliaria. Por ello, al principio, no me preocupé por los informes comerciales de sus detractores que llegaron a mis oídos.
Argüían oscuros procedimientos en el desenvolvimiento del negocio. Al fin y al cabo, constaté tantos elogios de su persona por parte de los propietarios de fincas en venta, como de sus clientes.
La maledicencia de los detractores, debía proceder de casos excepcionales, o por afectados competidores. Con todo, avanzado el tiempo de mi contratación, fui testigo de severos altercados con desconocidos, en su despacho. A base de coincidir con mi presencia en repetidas ocasiones, ya no fueron tan desconocidos.

Unos eran usureros. Otros, propietarios de recientes fincas aportadas, pendientes de liquidación. La morosidad manifiesta, era excesiva. Otros, los más, eran clientes que amenazaban la integridad física del Sr. Castillo. Ante todo, querían matarle por, según ellos, haber sido estafados alevosamente.

Sentada esta base, y después de platicar un rato, se rebajaban los epítetos ofensivos, lamentando simplemente que se les hubiera mantenido olvidados semanas enteras, desatendiendo sus solicitudes de entrevista para tratar los asuntos que yo en aquellos días ignoraba.

En verdad, el cancerbero a sueldo, poseía verdadero ingenio para torear a las visitas indeseadas por su Jefe. Sin embargo, mi perplejidad crecía al repetirse una y otra vez. Al final de las entrevistas los clientes, se despedían con amabilidad, elogiando a quien pocos momentos antes vituperaban. Incluso presentaban sus respetos extensivos a su Sra. esposa.
Otros se excedían invitándole a pasar un fin de semana en sus predios veraniegos, donde siempre, por descontado……¡Sería Bienvenido ¡.

Aquellas alternancias de humor por parte de los visitantes en su despacho, me mosqueaban. No podía tratarse de desequilibrados, desahogando sus neuras. Eran demasiados, para generalizarles taras mentales. Intuí que algo habría de cierto en sus desaforadas manifestaciones.
Más cierto era aún, la extraordinaria habilidad del Sr. Castillo, en desarmar al interlocutor, con sus educados y afables modos.
Esto, empecé a comprobarlo, al sufrir los primeros desencantos, por demoras reiteradas para percibir mis emolumentos. Salía del despacho maravillado. Sus buenas palabras, obraban el milagro de mantenerme eufórico, a pesar de postergar más aún mi retribución. Es más, con nuevos encargos profesionales aceptados.

Esto último, era criticado por mi mujer. Señalaba la conveniencia de cancelar el trato definitivamente. Esta situación, se fue agravando, al constatar mi impotencia para lograr el cobro de los abultados honorarios demorados. La prudencial espera, dejó de serlo para convertirse en crónica, afectando seriamente mi economía doméstica. Las discusiones con Tere se enardecían, sin hallar salida al atolladero.

Al cumplirse el primer aniversario de nuestro compromiso de boda, decidimos que a la mañana siguiente, presentaría mi dimisión al Sr. Castillo, como colaborador, exigiendo el finiquito. Mientras, olvidaríamos los sinsabores, celebrando la efeméride cenando en los merenderos de la playa, famosos por sus mariscadas.

Mientras el camarero fue a por la carta, observamos con desazón, que entre las pocas mesas ocupadas este día laborable, se hallaba el sr. Castillo con su esposa.
Inevitable el saludo cortés, pero un encuentro nada congruente con mi misión propuesta. El plan de ataque, se basaba en mi extrema necesidad económica. No era consecuente, el despilfarro gastronómico.
Tampoco lo era el proceder del Sr. Castillo. ¿A qué obedecía la recalcitrante demora en pagos a sus subordinados, si podía satisfacer costosos caprichos entre semana ?.

"Al fin, comprendí las discrepancias entre él y su entorno comercial. Disponía de una peculiar idiosincrasia.
Los prestamistas, teniían con él, a un verdadero chollo. Basados en la espectacular rapidez de gestión de ventas de su acreditado, le ofrecían lo que precisara. Vencido el plazo de una semana, exigían los intereses del capital, como si de una anualidad se tratara.
De fallar su cumplimiento, se cobraban apropiándose de la finca objeto de transacción, por el simple valor de lo prestado. Los intereses, quedaban pendientes y se aplicaban a la próxima adquisición. Así, pasaban los usureros, a ser a la vez, prestamistas y capitalistas de su negocio.
No parecía importarle demasiado al Sr. Castillo, dado que semanalmente, lograba ventas de parcelas, en número superior al contenido real de las fincas.
Este overbooking, raramente lo constataban los adquirentes. Ocasionalmente, se producía tal evento, al coincidir varios de ellos merendando en su supuesta parcela.
Los improperios iniciales por defender cada cual su razón por titularidad documental, finalizaban con una confabulación para el ataque al autor del fraude.

Estos eran los que a menudo aparecían por el despacho enardecidos, si lograban colarse de la criba del cancerbero.

Muchos desistían dando por perdidas sus entregas, después de maldecir los huesos del embaucador, ejerciendo su derecho al pataleo.

Los más insistentes, lograban que se les entregara a cambio, de lo que evidentemente resultó un lamentable error involuntario, otra parcela mayor, por el mismo precio.

Era la amable atención de la empresa, para paliar las molestias causadas. En cada nueva transacción, volvían a intervenir los prestamistas, repitiéndose el círculo vicioso de venta de parcelas, ante de adquirir la finca matriz.

Para adecuar las propiedades a las exigencias de la clientela, eran necesarias unas mejoras, que aunque discretamente se realizaban, jamás se correspondían con lo prometido, ni en calidad ni en tiempo de ejecución.

En este apartado, se agolpaban colaboradores industriales, comerciales, instaladores y una larga lista de particulares que, en mayor o, menor medida, reclamaban reiteradamente el cobro de sus facturas.

El globo iba hinchándose, por lo que era previsible su pronta explosión. Si bien era verdad que el Sr. Castillo disponía de gran número de incondicionales, agradecidos por los lucrativos negocios conseguidos a su costa, no era menor el de los estafados creciendo en proporción geométrica.

Esta situación, según averigüé posteriormente, venía produciéndose a través de los últimos dieciocho años. Normal pues que ignorantes de los entresijos, las personas ajenas a la Empresa, la consideraran seria y próspera.

También recapacité sobre manifestaciones esporádicas del Sr. Castillo de sus varias intentonas de suicidio. Se producían después de ciertos agrios altercados con sus demandantes. Conociendo cómo padecía una rara e inexplicable enfermedad desde joven, que le obligaba a comer en demasía y con frecuencia, estas reacciones, me parecían crisis sintomáticas.

Repetidamente, confesaba sus necesarias visitas nocturnas a la nevera, para atiborrarse. Además en sus bolsillos no faltaban nunca galletas o bolsas de maní, para echarles mano cuando faltaban restoranes a su alcance.

Se mantenía delgado, por lo que era lógico suponerle sus desarreglos motivados por una monstruosa tenia- solitaria . Él siempre lo negó. Bien pudiera ser cierto, habiendo vivido tantos años con la afección, sin que ningún médico supiera tratarla."

Todos estos pensamientos, afloraron a mi mente, sin hallar la alternativa a acudir a saludar al matrimonio Castillo, correspondiendo a su notoria cortesía.

Automáticamente, mientras me encaminaba con mi mujer a su encuentro, urdí darle la explicación real. El aniversario de nuestro compromiso de boda, a la par que onomástica de Tere.

Empático, el Sr. Castillo, nos sorprendió, después de felicitarnos, declarando la coincidencia de efeméride, con la de ellos, su mujer también se llamaba Teresa y llevaban diez años casados. Y alegrándose desmesuradamente, pidió que nos sentáramos a su mesa, eligiéramos lo que se nos antojara de la carta, que iba todo a su cargo.

Imposible atacar el tema de mi preocupación. No era el momento ni el lugar apropiado. Como de costumbre, ante él, me hallaba desarmado a su merced.

Muy simpática su mujer, platicó amigablemente con la mía. Los chascarrillos se sucedieron, pasando una velada altamente gratificante. Totalmente inesperada. El Sr. Castillo se lució, eligiendo los vinos de marcas de categoría con sus mejores añadas y apropiadas por cada plato.

Lo mismo sucedió con un postre de original exquisitez, preparado expresamente por el chef, a su petición.

Al llegar de madrugada a casa, mi mujer, ya modificó en parte la opinión formada del Sr. Castillo. Se hallaba dispuesta a achacar a mi pusilanimidad, la carencia de resultados positivos en mi trato con él.

Chiringuitos de La Barceloneta frente una franja de 50 m de playa, derribados en 1992 por cumplimiento de la Ley de Costas.

Hotel Vela, edificado en La Barceloneta, una vez derribados los chiringuitos, saltándose por intereses políticos, todos los condicionantes por la Ley de Costas. No solo por la prohición de edificar a más de cien metros del Mar, sino que se construyó en terreno ganado dentro de él.

Absorto en la manera de enfocar el tema, camino del despacho a la mañana siguiente, distinguí un gentío, frente la fachada de Inmobiliaria Castillo.

Ví a una ambulancia, a la Policía, a transeúntes curioseando y oí unas voces estridentes procedentes del vestíbulo.

Por lo visto, a primera hora el Sr. Castillo tuvo otro de los altercados de campeonato con los usureros. Éstos, le amenazaron al estilo mafi

oso. Seguidamente, irrumpió en su despacho, el responsable de las obras de apertura calles de la última finca a parcelar. Con un cuchillo en sus manos, se había saltado la barrera del atemorizado abrepuertas, sumiéndolo en una crisis nerviosa.

A grandes voces, frente a los usureros, presentó su enésima reclamación, apoyando sus amenazas con el cuchillo que blandía. Le conminó a resover los tratos, dado que estaba dispuesto a cumplir sus amenazas ante los allí presentes.

El sr. Castillo fuera de sí, chillando más si cabe, maldijo a todos, escurriéndose veloz entre ellos, saliéndo del despacho dando un portazo, tras sí en el rellano del ascensor. Subió en él para salir al ático, noveno piso.


Los visitantes, pasado el efecto de la sorprendente reacción de quien se mostró siempre tan equilibrado, en el rellano de ascensor, continuaron perplejos al haber desaparecido su víctima, supuestamente escaleras abajo. Más les sorprendió aún al oir un grito desgarrador, provinente del ático y acto seguido el paso de un cuerpo al vacío ante sus ojos, y chasquido brutal por encontronazo con el suelo del hueco de escalera del edificio.

La portera, aguardando la llegada del ascensor, no pudo reaccionar, entre oir el chillido emitido y el aplastamiento a sus pies del Sr. Castillo.

Su muerte fue instantánea, pero la portera indemne de milagro, por la impresión cayó sin conocimiento a su lado. Unos segundos después, entraba en el vestíbulo el marido de la portera, alarmado por las voces y ruido. Viendo a su mujer tendida al suelo, inmovil y salpicada de sangre, la creyó muerta.

Entre lamentos y maldiciones armó tal escándalo, que atrajo la presencia de la Guardia Urbana, la cual, se ocupò de amenizar el resto del jaleo.


Aprovechando la confusión, hicieron mutis los usureros y el provocador. El empleado testigo, jamás se atrevió a dar datos a la policía. Amparado por las secuelas de la impesión y bajo cuidados médicos, excusó todo conocimiento de lo acontecido.

Posiblemente, amedrentado por la amenazas de los usureros y el constructor.

Asistí a su entierro, pero Doña Teresa viuda de Castillo, no afrontó mis minutas acumuladas tras meses de impagos.

Recuerda Tere:

Y casi sin tiempo a recuperarme, noté que por las mañanas me encontraba muy mal, mareos vómitos, sólo de pensar en la comida todo me daba asco.

Allí estaba mi primer embarazo, con la ilusión que trae consigo, pero también con algunos de sus inconvenientes.

Esto merecería una parrafada enorme, y no voy a extenderme. Sólo decir que estuve vomitando durante los nueve meses, y no una vez por las mañanas, que hubiera sido lo más normal, llegaba a vomitar cinco o seis veces al día, hasta el último momento, incluso durante el parto.

Habían pasado diez meses desde la boda, y entre la operación, y luego el embarazo creo que se podrían contar con los dedos de una mano, los momentos en que me encontraba bien al 100%. Nuestros encuentros íntimos en más de una ocasión, fueron un verdadero esfuerzo, ya que todos los olores me molestaban

En nuestro caso al trabajar el marido como autónomo, siendo el único sueldo que entraba en casa, ni se nos había ocurrido pensar en repartir los trabajos cotidianos. Durante el embarazo muchas veces fue mi madre la que se ocupó de mí. Yo siempre digo que los hijos son para toda la vida y UN DÍA MÁS (yo fui para mi madre una buena prueba de ello)

Después vino el bebé. ¡Cuatro kilos y medio de niño…eran muchos! Y en aquel tiempo que no existían las epidurales. Sé que mi primer pensamiento en cuanto acabó el parto, fue ¿¿¿¿ “Y NOS LLAMAN SEXO DEBIL”?????

Es una suerte que el sólo hecho de tener el bebé en brazos, me hiciera olvidar por completo los nueve meses de vomitonas sin cesar. Pero… si siempre existen peros en la vida. El niño comía bien, pero por las noches no tenía sueño. Intentaba que durante el día no durmiera demasiado, cosa muy difícil de controlar en un bebé de tan pocos meses.

Creo que durante muchos años, si conseguía dormir cuatro horas seguidas, me podía dar por afortunada. Se suele decir, que la madres que no trabajan fuera de casa… pueden dormir durante el día, NO ES CIERTO. Los trabajos cotidianos se acumulan, y no los puedes ir dejando. O sea que lo que hacía era que si el bebé, se dormía a las 10 de la noche, yo procuraba también amoldarme a su horario, para poder descansar más horas, porque estaba agotada, la suerte era que mi juventud era mi apoyo.

Ahora que lo veo en la distancia pienso cómo lo pude soportar. Actualmente no llego ni a la mitad de lo que hacía antes. Eso sí, duermo lo que no dormí entonces. Más de 8 horas. ¡Que felicidad!

En aquellos años muchos días mi cuerpo me parecía como si fuera de plomo. Pero es cierto que la juventud puede con todo. Porque pasados los tres primeros meses, seguimos saliendo con los amigos de Carlos por las noches. Íbamos al cine, al teatro, por lo menos una vez por semana. Eso sí…durante años, aunque hubiéramos salido de noche, a las seis de la mañana, tocaba el biberón de turno. Y a las 8, levantados para desayunar y cada cual en su trabajo.

Pusimos a una persona para que viniera a ayudarme unos días a la semana, pero incluso así, aquel tiempo lo recuerdo, como si fuera por la vida medio dormida, y con dolor de espalda, supongo que debido a malas posturas, llevar al bebé en brazos me resultaba un acto heroico.

Y ya no digamos de cuando se fueron añadiendo los otros hijos. El trabajo se multiplicó por siete.


miércoles, 9 de marzo de 2011

Parejas Perdurables (continuación 18 )

Un anuncio en el periódico, me llamó la atención por ofrecer trabajo continuado de agrimensor. No era lo que me apetecía, ya que buscaba incorporarme en alguna Industria de prestigio. Cosa que de vez en cuando lograba pero no para entrar en plantilla. Las que ofrecían empleo fijo, correspondían a lo ya sabido. El sueldo mínimo legal. Y con él, hubiera tenido que abandonar mi despacho y la Academia. Insuficiente para sostener una familia.

Me presenté para lo anunciado, y así amplié mis posibilidades económicas.
Empezaría a colaborar con el Sr. Castillo, en cuanto Tere ya se hubiera integrado satisfactoriamente a nuestro hogar.

Y ya sentía la ilusión de salir con ella al festejo de la boda del último compañero de nuestro grupo estudiantil.
Recibí su invitación para mediados de Marzo, total dos meses después de la incorporación de Tere al hogar.
La realizaría en el santuario de Montserrat. Los invitados para evitar acumulación de automóviles, subiríamos a la montaña en un autocar alquilado. Por lo demás la boda al ser de alto copete, nos obligaría a presentarnos con el atuendo ad hoc. Tere disponía de tiempo suficiente para conseguir el vestido y la toca que la hiciera digna de la ocasión.

Me sentí inicialmente un poco incómodo. Ramón, que ahora se casaba con Anita, ya asistieron invitados a nuestra boda. Y la categoría que pude ofrecer, estaba muy por debajo de lo que él ahora nos ofrecía.

Pero a fin de cuentas, nos conocíamos lo suficiente como para no tener que avergonzarnos de nuestro nivel económico. Ya sucedió con las bodas de los otros compañeros. Nuestra juventud, permitía ser menos remilgados.


Monasterio de Montserrat a 740 m. sobre el nivel del Mar

Pronto pues, saldría Tere de la Clínica y así como ella me reservaba una sorpresa, yo le daría esta noticia, a no dudar que a ella también la ilusionaría, siendo Montserrat para los Catalanes algo tan especial y que a no todas las novias les es factible poder lucir su libro de familia, rubricado por el Abad del Monasterio.

Parejas perdurables (continuación 18-a)

El día del alta de la Clínica, a las diez en punto de la mañana, hora protocolaria, fui a buscar a Tere en taxi, para no perder tiempo en aparcamientos. Tenía un ajetreo superior al esperado, ya que a mis actividades normales se sumaban la visita a Fincas Castillo y al Ayuntamiento de L`Hospitalet.

Subí al piso de mis suegros con Tere. La esperaba su madre para ayudarla a trasladar sus efectos personales al piso que estrenaríamos al fin. También ella tendría el día ajetreado. Pensaba colocar las cortinas preparadas por su madre y algunos objetos decorativos para el acabado de la instalación de nuestro hogar.

Le advertí sobre mi imposibilidad de volver a casa hasta muy tarde para poner en orden los proyectos acopiados.
Una vez en el despacho, puse al corriente de los nuevos proyectos a mis ayudantes que los acogieron con agrado ya que también ellos necesitaban ingresos para seguir sus estudios.

Pasé por la floristería, encargué un ramo de rosas rojas, para que lo trajeran al medio día a mi mujer. Luego a entrevistarme con el Sr. Castillo. Y llegado al Ayuntamiento, me dirigieron al departamento de Industria y Fomento. El Inspector Jefe, iba a atenderme, pero tratándose de un asunto extraoficial, prefirió que le aguardara, saldríamos a comer y me pondría al corriente.

Durante la comida, aclaró que no podían contratarme oficialmente, ya que los pasos requeridos para ello eran largos y dudosos. Pero la realidad, obligaba a actuaciones inmediatas.
El Municipio se hallaba en un periodo de desarrollo frenético. Al lindar con el de Barcelona, siendo los impuestos aplicados a la industria y comercio sustancialmente bajos, tanto en el centro urbano como en los extrarradios, se asentaban talleres, almacenes y fábricas de todo tipo, que escapaban al control.
Mi misión sería acelerar las legalizaciones de estos locales, mediante comprobación de lo declarado al Ayuntamiento y su real estado. El cumplimiento de la normativa de salubridad y seguridad. Y en el caso de los locales carentes de solicitud de instalaciones, realizarles el proyecto, directamente yo mismo.
Como acicate por ser técnico ajeno a la plantilla Municipal, los emolumentos serían el doble de los oficiales.

Ni que decir tiene que me entusiasmó y tras breve sobremesa, regresamos al Ayuntamiento, donde por la tarde su secretaria había dejado sobre su mesa, los seis primeros expedientes a calificar. Me entregó el dosier y mis credenciales para que sin perder tiempo comenzara las inspecciones.
Dejé los expedientes a la vista de mis ayudantes en el despacho y elaboramos un plan estratégico para convertir un trabajo artesanal en industrial. Necesitaríamos además para agilizar estos trabajos en plan industrial, a una mecanógrafa que transcribiera los proyectos en el formato adaptado a la norma del Ayuntamiento.

Tal como temí salí del despacho, más que tarde. Anochecía cuando al abrir la puerta de mi hogar, Tere acudía a mis brazos.
Sí. ¡ Al fin solos ¡. Llevaba una bata Tere, como no podía ser de otra forma, estrenada. Me condujo a la habitación, donde hizo fijarme en las cortinas haciendo juego de unos adornos en la cabecera de la cama, que a su vez, se iluminaba por los dos focos de la mesita de noche, dejando la habitación en una semi penumbra.

Decididamente una belleza sugestiva. Me conminó que al salir del baño y para cenar cómodo, me pusiera también mi batín a estrenar.
Cuando salí, Tere había dejado el piso a oscuras. Entré en el comedor y ¡Oh!, allí estaba Tere en negligée transparente, señalando el servicio de mesa.
Sobre mantel rojo, un candelabro iluminaba mi ramo de rosas y un complejo surtido de frutos tropicales, montaditos de fiambres, tacos de quesos, dátiles rellenos con bacón horneado, y las tostadas con caviar, al lado de la botella de Champán. (Cava por ser el de elaboración de San Sadurní de Noya - Catalunya).

El ágape, duró, lo que las melodías del Adagio, emitidas por el tocadiscos. Sin molestarnos en colocar más piezas musicales, entrelazamos brazos con la copa del Cava, según otra costumbre enraizada. Nos dimos el beso con fruición y con el candelabro, entramos al dormitorio.

La promesa realizada por Tere, esta noche se convirtió en auténtica realidad.

Cuenta Tere:

Me estaba pareciendo todo como un sueño.

O una pesadilla, según como se mire. Tan sólo dos días después, de haber salido de mi casa con la intención de iniciar una vida distinta en todos los conceptos, sufría unas anginas de caballo, y fiebre altísima Me encontraba francamente mal.

Muchas veces había tenido fuertes anginas, pero nunca como aquellas, que no me dejaban ni tragar la saliva, ni comer (con lo tragona, que siempre he sido).

Pero lo que más me derrumbó fue la decisión del médico, que me quería operar de inmediato. Aseguraba que aquellas amígdalas no me traerían más que problemas. Quizás tuviera razón…pero esas prisas para operarme me dejaron desconcertada por completo.

Me parecía como si no nos hubiéramos casado. Y si… lo cierto era que me sentía mal en todos los aspectos. Física y mentalmente. Pensaba que le estaba fallando, que no cumplía con un deber, a parte claro está de mi deseo de estar junto a él.

Fueron unos días muy tristes y llenos de melancolía.

Con el paso de los años, he llegado a pensar que el galeno, debería cobrar una participación en los beneficios de toda intervención quirúrgica, ya que no me explico tantas prisas. ¡Estábamos recién casados! No era justo

Nos habían inculcado tantísimo, que debíamos una obediencia absoluta al marido, (en eso quedaba incluido, por supuesto complacerle en la cama) porque era la persona que velaba por nosotras, era el que nos proporcionaba bienestar con el “SUDOR DE SU FRENTE”

¿Y qué hacía yo?

Perpetrarme en la cama, con 40 grados de fiebre Creo que llegué a sentirme hasta culpable como si fuera totalmente responsable de aquel desenlace tan inusual.

Por aquellos tiempos incluso en los anuncios televisivos, dejaban a la mujer demostrando una sumisión absoluta hacia el marido. Le servía su copa preferida cuando se trataba de una publicidad de refrescos, o si era de camisas, era ella quien preparaba los gemelos en los puños de la prenda (cosa que hacía incluso mi madre, yo entonces ya lo encontraba fuera de lugar ¿no tenía mi padre dos manos útiles?)

Por suerte, esta sumisión en aquel tiempo era algo tan usual, que no me veía demasiado fuera de lugar aunque lo reprobara. Yo como todas las demás mujeres seguía los cánones establecidos

Pero…algo en mi interior me decía que la mujer en la vida, tenía que hacer algo más, que complacer al marido.

Aunque se hiciera todo basado en el amor mutuo, la mujer no podía quedar tan marcadamente en segundo lugar, como nos las presentaban en los anuncios.

Por suerte este pensamiento quedó completamente arrinconado en lo más hondo de mi alma. Probablemente olvidado debido a las circunstancias que irían viniendo.

Porque al fin y al cabo en aquellos momentos yo también deseaba de una vez por todas poder estar en nuestra casa, disfrutando de una intimidad que desde luego carecíamos, y la necesitábamos urgentemente.

Cuando llegó el día que por primera vez estaríamos solos en nuestro hogar, fui pensando la manera de que al llegar el marido del trabajo, lo encontrara todo bonito y acogedor.

Se retrasó mucho más de lo previsto, pero por fin oí el ruido de la llave en la cerradura. Había llegado el momento tan esperado por los dos.

Para ambientar con melodía relajante, elegí al Adagio de Albinoni

Me estaba pareciendo todo como un sueño.

O una pesadilla, según como se mire. Tan sólo dos días después, de haber salido de mi casa con la intención de iniciar una vida distinta en todos los conceptos, sufría unas anginas de caballo, y fiebre altísima Me encontraba francamente mal.

Muchas veces había tenido fuertes anginas, pero nunca como aquellas, que no me dejaban ni tragar la saliva, ni comer (con lo tragona, que siempre he sido).

Pero lo que más me derrumbó fue la decisión del médico, que me quería operar de inmediato. Aseguraba que aquellas amígdalas no me traerían más que problemas. Quizás tuviera razón…pero esas prisas para operarme me dejaron desconcertada por completo.

Me parecía como si no nos hubiéramos casado. Y si… lo cierto era que me sentía mal en todos los aspectos. Física y mentalmente. Pensaba que le estaba fallando, que no cumplía con un deber, a parte claro está de mi deseo de estar junto a él.

Fueron unos días muy tristes y llenos de melancolía.

Con el paso de los años, he llegado a pensar que el galeno, debería cobrar una participación en los beneficios de toda intervención quirúrgica, ya que no me explico tantas prisas. ¡Estábamos recién casados! No era justo

Nos habían inculcado tantísimo, que debíamos una obediencia absoluta al marido, (en eso quedaba incluido, por supuesto complacerle en la cama) porque era la persona que velaba por nosotras, era el que nos proporcionaba bienestar con el “SUDOR DE SU FRENTE”

¿Y qué hacía yo?

Perpetrarme en la cama, con 40 grados de fiebre Creo que llegué a sentirme hasta culpable como si fuera totalmente responsable de aquel desenlace tan inusual.

Por aquellos tiempos incluso en los anuncios televisivos, dejaban a la mujer demostrando una sumisión absoluta hacia el marido. Le servía su copa preferida cuando se trataba de una publicidad de refrescos, o si era de camisas, era ella quien preparaba los gemelos en los puños de la prenda (cosa que hacía incluso mi madre, yo entonces ya lo encontraba fuera de lugar ¿no tenía mi padre dos manos útiles?)

Por suerte, esta sumisión en aquel tiempo era algo tan usual, que no me veía demasiado fuera de lugar aunque lo reprobara. Yo como todas las demás mujeres seguía los cánones establecidos

Pero…algo en mi interior me decía que la mujer en la vida, tenía que hacer algo más, que complacer al marido.

Aunque se hiciera todo basado en el amor mutuo, la mujer no podía quedar tan marcadamente en segundo lugar, como nos las presentaban en los anuncios.

Por suerte este pensamiento quedó completamente arrinconado en lo más hondo de mi alma. Probablemente olvidado debido a las circunstancias que irían viniendo.

Porque al fin y al cabo en aquellos momentos yo también deseaba de una vez por todas poder estar en nuestra casa, disfrutando de una intimidad que desde luego carecíamos, y la necesitábamos urgentemente.

Cuando llegó el día que por primera vez estaríamos solos en nuestro hogar, fui pensando la manera de que al llegar el marido del trabajo, lo encontrara todo bonito y acogedor.

Se retrasó mucho más de lo previsto, pero por fin oí el ruido de la llave en la cerradura. Había llegado el momento tan esperado por los dos.

Dispuse para la velada un ambiente musical relajante, como es el Adagio de Albinoni.

http://www.youtube.com/watch?v=XMbvcp480Y4


viernes, 4 de marzo de 2011

Parejas perdurables (continuación 17)


Recuerda Tere.

Me parece que en mi vida he pasado tanta vergüenza como cuando tuve que saltar desde el vagón, hasta donde se encontraba mi flamante marido.

Le veía a él, Muuuuy abajo, diciéndome que saltara sin miedo que él, me recogería. Miré a mi derecha, y todos los pasajeros del vagón a pesar del frío, habían bajado las ventanillas para ver el espectáculo. Llevaba un vestido hecho para la ocasión, o sea de una mujer casada donde mostrar las formas ya no se consideraba indecente. Un vestido que se me ajustaba como un guante y que por supuesto no me dejaba andar con prisas por lo estrecho que era, además los altos tacones.

La gente seguía expectante ante mi indecisión de tirarme al vacío, por mucho que nos apremiara tanto el revisor, como los pasajeros. Todos me animaban a que lo hiciera El tren en cuanto cambiara la luz del semáforo emprendería su viaje, tanto si yo me decidía como si no….

Recuerdo las palabras del conductor del convoy, también asomado desde la unidad motriz, dirigidas a Carlos. Se quejaba por lo arriesgado que sería para él, si alguien bajaba de aquella manera tan poco protocolaria que por supuesto podía ocurrir algún percance grave. Estaba completamente prohibido, y no sin razón. Pero cuando me vio aparecer a mí, solo supo decir.:

- “Además con una mujer”.

En fin…me tiré como quien lo hace a una piscina sin saber si hay agua. Encomendándome a toda la corte celestial, para que no nos rompiéramos ningún hueso.

Tras este espectáculo gratuito, todos los pasajeros aplaudieron. Podía leer en sus caras, “Claro esa pareja de recién casados, en qué estarían pensando que no han visto el gran letrero de la estación” (luego sabríamos el motivo por el cual no lo vimos), mientras aparecíamos como tontos enamorados.

No hacía falta ser un lince. Toda nuestra ropa incluida la maleta era recién estrenada. Nueva completamente. Se nos notaba a la legua que éramos unos novatos.

Lo dicho… en mi vida he pasado tanta vergüenza.

La famosa frase de MI REINO POR UN CABALLO, yo mentalmente la cambié por, unos ZAPATOS PLANOS Y COMODOS, para poder andar por el camino tan desigual. Y a pesar de sus inconvenientes, por miedo a que todo se esparciera por el suelo, abrí la maleta en busca del calzado más propicio. Sabía que no hacían conjunto con mi vestido pero…en aquellos momentos para mí era esencial poder andar sin problemas.

Deseando que el tren desapareciera por completo de mi vista, y los pasajeros dejaran de mirarnos con esa sonrisa medio burlona.

Tenían razón tanto el revisor, como el conductor del tren, que aquella parada sería muy corta, todo era cuestión de esperar al cambio de luz. Y en cuanto se puso verde, se alejó.

Lo que seguramente sólo fueron unos minutos, a mí me parecieron toda una eternidad.

¡Bonita manera de empezar nuestra vida en común! Haciendo de saltimbanquis, con riesgo de rompernos la crisma….

Ahora sí que venía bien la popular frase “Al fin solos” Pero en nuestro caso, había que añadir. “Solos y en mitad de la nada, de un lugar desconocido”

Por suerte no tardamos demasiado en divisar un hotel cercano, donde pudimos hospedarnos, como clientes únicos .

Bueno ahora sí que parecía que por fin empezaría nuestra vida en común. Sin sobresaltos, y con todo el entusiasmo que se ponen en las cosas al ser jóvenes

Parejas perdurables (Continuación 17 a)

El Dr., recomendó a Tere un ingreso inmediato a la Clínica Regina, correspondiente a nuestro contrato con Nueva Vida. Tan grave halló la amigdalitis. Y para resolver el problema de cuajo, que al cesar la inflamación, se le extirparan las amígdalas. Preveía que de no hacerlo, las inflamaciones las sufriría con frecuencia.

Con una semana de preparación y otra de convalecencia, Tere pasó medio mes en la Clínica. Por las mañanas la visitaba su madre y por las tardes lo hacía yo.

En realidad, para poder atender el despacho, me integré por completo a la vida familiar de mis suegros y cuñada. Ocupé la que fue habitación de Tere, como si mis suegros fueran mis padres y la cuñada mi hermana.

Mi agradecimiento iba en aumento pues me sentí querido por partida doble. Como yerno y como hijo.

Hice el que resultó último viaje a Andorra, para concluir los encargos pendientes. Me presentaron a un potentado, que iba a adquirir una finca, de la que quedó enamorado y quería conocer la superficie para mejor valorarla.

El día que fui para realizar la medición, su secretario me dio una cantidad como paliativo de las molestias ocasionadas, ya que desistía del encargo. Resultó que al comprobar los datos catastrales de la finca en cuestión, vió que ya era de su propiedad desde hacía años.

Me enteré que este Sr. Iba en caminos de apropiarse del País entero. Disponía de una colección de fincas adquiridas a diestro y siniestro durante muchos años. Ya perdió el control de sus adquisiciones.

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Aquellos días de visitas a la Clínica, resultaron útiles para reactivar mi búsqueda de empleo fijo. Estuve en un taller de Arquitectura afamado, con la perspectiva del proyecto importante de bloques de viviendas levantadas con estructuras de hormigón armado. Podía llevarme trabajo a mi despacho, con el que mis ayudantes se beneficiarían ya que se acabó Andorra.

Tampoco se consolidó este encargo. El Arquitecto responsable de tal proyecto, después de considerar los pros y contras, desistió, ante lo que veía imposible de cumplir en el plazo fijado por el Ministerio de la Vivienda.

La obra debería realizarse en tiempo récord de seis meses. Algo imposible para el fraguado del hormigón con el cemento Portland corriente. Representaba elevar un piso a la semana para la estructura, con lo que se absorbía el tiempo de dos meses y luego en los cuatro restantes las instalaciones y revestimientos. Tal como lo veía por seguridad, para la estructura sola, precisaría los seis meses concedidos.

Le propusieron usar un nuevo tipo de cemento de fraguado rápido, probado en Francia. No le convenció por tratarse de una novedad en periodo de experimentación.

La adjudicación de tales obras recayeron a otras empresas, que sí se comprometieron y a las que yo no tuve acceso.

Su decisión a mí me dejaba de nuevo sin trabajo, pero lo sucedido veiticinco años después le dio la razón plena.

Todas las obras construidas con aquél tipo de cemento de fraguado acelerado, sufrieron lo que se llamó “aluminosis”, debiéndose derribar antes de que hubiera una hecatombe para los cientos de inquilinos ocupantes de las viviendas con las vigas desmoronándose.

Y premonitorio resultaba el accidente en Pineda de Mar. En la playa, se estaba alzando un edificio, también con estructura de hormigón. Cada semana, levantaban un nuevo piso.

Mantenían la estabilidad, a base de no desencofrar, amén que apuntalar cada piso de los acabados, hasta un mes después. En teoría, al levantar la cuarta planta, se podía desencofrar la planta baja, ya que había transcurrido un mes. Tiempo mínimo requerido para adquirir el fraguado, la resistencia admisible.

Al disponer de tal cantidad de madera aplicada en el encofrado y apuntalamiento de cuatro plantas, agotaron existencias. El capataz, preparando el encofrado de la quinta, dio orden a un aprendiz, que desarmara la madera del piso de “abajo”, ya que serviría para seguir la obra sin pausa.

Para el aprendiz, “abajo”, de la quinta planta donde se hallaba con los albañiles y el capataz,

era la cuarta. Ni corto ni perezoso, se puso manos a la obra. Por suerte, la primera madera recuperada, correspondiente a pies derechos, no evidenció ningún problema pero al proceder con la de las jácenas, vio como se resquebrajaba por instantes, iniciando una flexión fatal.

Al grito de “Sálvese quien pueda. Se hunde el piso”. Se produjo la desbandada. Los de pisos inferiores llegaron por su pie al exterior de la obra, en cuanto a los de la planta quinta, indecisos, tuvieron la opción de saltar al vacío, o bajar por la provisional escalera.

En cuestión de un minuto, se hundió la última planta, que a la vez derribó a la tercera y estas dos a la segunda y las tres a la primera.

Total treinta albañiles enterrados entre los escombros y diez más heridos de gravedad por la caída desde la última planta.

Al juzgado fueron a parar, el constructor, el Arquitecto, el Aparejador, el propietario del inmueble proyectado, y el Ayuntamiento, subsidiario por dar licencia y no preocuparse de su desarrollo.

Se descubrió que el propietario había otorgado un plus sustancioso, si se acababa la obra en seis meses, con instalaciones acabadas, incluso amueblado. Tenía contratadas por un tour-operador doscientas habitaciones de lo que debía ser un hotel, para estrenar el mes de Agosto. Normalmente el más requerido por los turistas, con el incentivo de ocupar una obra moderna, frente al mar con una playa sus pies, casi virgen en aquél tiempo.

Con esta experiencia, tuve mucho cuidado en prestar debida atención a los futuros encargos relativos a obras, ya que esto aquí estaba sucediendo igual que antaño sucedía en Andorra por la dejadez de los constructores.

Morán me facilitó un trabajo que no encajaba con lo realizado en su taller. Se trataba de diseñar los planos de una nueva afeitadora de accionamiento mecánico. Disponía de un resorte que dándole una docena de vueltas, acumulaba energía para un minuto escaso. Si el usuario en este tiempo no acababa su afeitado, repetía la operación sin problema.

Fue bienvenido el proyecto. Además, Morán me enteró de la aventura de nuestro compañero Rosero, al que perdimos la pista antes de incorporarnos al Servicio Militar.

Aprovechó el final de carrera para correr aventuras por Suecia, antes de vestir el caqui como nosotros. Se corría la voy que las Suecas, se daban muy bien a los latinos. Contrariamente a la ñoñería imperante por España, ofrecían el sexo con una facilidad insospechada.

Previendo que esta oportunidad ya no se le presentaría jamás, dispuso su último mes pasarlo a la cata de “monumentos”.

Para ello el viaje lo financió, mediante sus ahorros y ofreciendo sus servicios como camarero, o lavaplatos. Una “gachí” de las que quitan el hipo, le sugestionó hasta tal punto que ya no pudo zafarse de ella. Prácticamente, hacía con ella lo que le venía en gana y ella a él le devolvía caricias con más afecto si cabe.

Tocando los días de su prevista estancia de asueto a su fin, le comunicó su compañera, que estaba embarazada.

Al principio, no creía que esto tuviera consecuencias, pero ignoraba que los Países Nórdicos si bien eran tolerantes al amor libre, no lo eran ni pizca ante la paterna responsabilidad.

Perseguido por la familia y bajo amenaza de denunciarle si no se casaba con su amante, atendió al requerimiento. Sin embargo sólo le quedaban tres días para incorporarse al Ejercito Español. Ya se casaría seis meses después, una vez cumplido.

No coló. Su vástago debía nacer en nueve meses, en Suecia y él allí estaría para el bautizo, por lo que en Sueco se convertiría.

Ahora, ya padre de familia en Suecia, para pagar con la justicia militar Española, regresó a Barcelona a cumplir con prisión por deserción, seis meses en el Castillo de Montjuich.

Vino con su mujer y su hijo, que le aguardarían hasta su liberación. No se fiaban un pelo.

Esto me recordó el chasco de nuestro colega Don Juan en Alcalá, pero con efectos corregidos y aumentados.

Mientras seguía yo tanteando nuevas ocupaciones, vi como no podía eludir los ingresos que me proporcionaban las clases de la Academia.

La recuperación de Tere por su amigdalotomía, se me hacía eterna y así se lo contaba en mis visitas. Ella me dijo que pensaba compensar mis ansias de manera especial el próximo día de su alta hospitalaria.


miércoles, 2 de marzo de 2011


Parejas perdurables (continuación 16)

Era cuestión de pormenorizar las actividades del anhelado día de la boda. No solo por la administración del dinero ahorrado, sino por el ritual eclesiástico y civil conjunto, en el altar y la sacristía, donde se aportaba un donativo voluntario a la Iglesia. Luego atender el social con la impresión de invitaciones, envío a los elegidos, contrato de Restaurante para el ágape, y programar días para el viaje de novios.

Los padres de Tere, se ocuparían de todo lo referente al ajuar de la novia, y ayudarían económicamente, al dispendio del festejo, hasta donde alcanzaran.
Por suerte, se estaba poniendo de moda un recién inaugurado restaurante “Don Bosco”, de amplios salones para fiestas. Promovían su negocio con ofertas para determinadas fechas. La nuestra, siendo tan especial, encajaba en las de oferta óptima. Casi mitad de precio.
Era evidente que las salas de festejos para el día primero de año al mediodía, nadie las solicitaba.

Luego había que pensar en como dejar los trabajos pendientes en el despacho. Los ayudantes disponían tarea para una semana, luego era el máximo tiempo que podía permitirme.

Y mis clases en la Academia de Ingenieros, se reanudaban asimismo el día siete de Enero. Era otra razón para dar por finalizada la Luna de Miel, el día de Reyes.
El director de la Academia de Ingenieros, me había solicitado para dar clases dos tardes a la semana, hacía un año. Lo compaginaba bien con mis trabajos en el despacho y mis salidas por la geografía Catalana. Estaba a punto de anunciarle que no contara conmigo al próximo curso, ya que contaba con mi absorción en Andorra.

También buscaba obtener un empleo en alguna industria, en verdad, sin mucho empeño, ya que me defendía trabajando de autónomo. Pero siempre temí la falta de clientela. En tal caso, ¿cómo mantendría el hogar?.

Pensando en el viaje, para que resultara económico, urdí un itinerario mínimo, por el suelo peninsular.
Recordé las fotos de mis padres realizadas en su visita al Escorial, de recién casados. Las postales de los sarcófagos de los Reyes de España, adquiridos como recordatorio, las mostraban orgullosos.

Decidí pues repetir su historia :

-Primer día .Tren hasta Tarragona, pernoctar en hotel.
-Segundo día. Por la mañana, recorrer las Murallas y contemplar el Anfiteatro Romano desde el Balcón del Mediterráneo. Seguro que haría feliz a Tere contemplar el Mar desde punto tan privilegiado. Pernoctar en hotel.
-Tercer día. Por la mañana en tren hasta Valencia. Paseo por El Grao, puerto natural. Por la tarde, visita a los parientes de Tere.
-Cuarto día. Por la mañana tren a Madrid. Tarde- noche, tasqueo por La Gran Vía, rememorando mis andanzas de militar.
-Quinto día. Por la mañana visita al Museo del Prado. Tarde paseo por La Casa de Campo.
-Sexto día. Por la mañana visita a El Escorial. Tarde regreso a Madrid. Noche tren a Zaragoza.
-Séptimo día. Visita a la Virgen del Pilar. Besar el hoyo del pilar bajo la estatuilla de la Virgen formado por los millones de labios que lo besaron antes que nosotros. Tarde repetición de tasqueos. Noche tren a Barcelona.

Claro que circula un refrán ….”El hombre propone y Dios dispone”.
Memorable sí, fue el día uno de Enero. Por más motivos que por el de Año Nuevo y Vida Nueva.


Monasterio de El Escorial

Recuerda Tere:


Todo iba siguiendo el ritmo normal de los preparativos para ese día.
En aquel tiempo, se solía hacer una pequeña exposición de lo que se aportaba al nuevo hogar, sobre todo los regalos recibidos. Cosa que hoy ya no se hace, pues la mayoría acaban pidiendo dinero, que es lo que más les conviene, sobre todo, porque sus viajes de novios, suelen ser a otro Continente.
Al no hacer ninguna lista, como ya había muchos que lo hacían, nos encontramos con varios juegos de tazas de desayuno, aunque de diferente diseño, no dejaban de ser repeticiones.
Pero bueno, algunos eran bonitos e irían a parar a una vitrina, junto con la cristalería, que habíamos ido recopilando, ya que en el último año, todos los regalos de santos y cumpleaños, se fueron centrando en el equipamiento de la casa.
Y me viene a la memoria, algo que es casi un chiste. Uno de los proveedores, al que conocía desde tiempo, cuando le dije que me casaba al mes siguiente, se me quedó mirando, y saltándose todo protocolo, me preguntó cuántos años tenía. Le dije que acababa de cumplir los 20. Se quedó boquiabierto. Él imaginaba que tenía como mucho 16. Supongo que por mi manera de vestir, y sobre todo por mi pelo largo, que llevaba muchas veces en una trenza, y otras lo que llamaban “cola de caballo”. Total, que debería tener el aspecto de una mezcla de niña-mujer.
Carlos ya tenía organizado cómo discurrirían los escasos días destinados al tan esperado viaje de novios. Me pareció casi una maratón contra reloj, querer hacer tantas cosas en tan poco tiempo.
Aunque por otra parte, también me apetecía recorrer un poco la península, ya que la desconocía por completo, si exceptuaba Valencia, donde tenía unos tíos. Todo el itinerario sería completamente nuevo para mí.
Yo sólo pedía que el día uno de enero no hiciera demasiado frío, cosa que hubiera sido lo más normal.
Mi vestido de novia, aunque con mangas, y sin ningún escote, no era precisamente de tela gruesa. Me parece que fui de las primeras novias, que usaron lo que entonces se llamaba un vestido tobillero. Nada de colas largas, era vaporoso, y con mucho vuelo y me llegaba hasta media pierna.
Cuando estuvo ya en casa y mi madre lo colgó en una habitación, para que no se arrugara, creo que fue la primera vez, que me di cuenta de verdad que estaba a punto de casarme.

Crónica de las primeras 50 horas de una boda.

Día primero, hora 7 a.m. Entro en el bar frente a mi despacho-vivienda.

-Buen Año. Un coñac, por favor. Hoy a las nueve, me caso.

El barman, recién abiertas las puertas del local, se compadece.

-Mucho ánimo veo que le falta. ¿Tan terrible se presenta la situación?.

-Quisiera saltar el ritual y el protocolo social, por mi extrema timidez, pero es un cáliz obligado y necesito que el público me vea sonriente y no compungido. Pedí celebrar el enlace a primera hora, para evitar el máximo de curiosos en la Iglesia.

-Pues una copa de coñac, dentro de dos horas, de nada le servirá. Tómese un par de ellas diez minutos antes.


-Imposible. Hay que comulgar en la misa y es obligado hacerlo en ayunas, al menos por dos horas. Es lo que hago.

-Pues no siendo la boda inmediata, una copa de coñac, ningún efecto causará.

-Sí. De momento dejaré de temblar. Me podré vestir el Chaqué y hacer el nudo del corbatón que detesto, junto a los ridículos guantes. Una vez en el patíbulo, ya todo me sobrevendrá imparable.
La payasada, que para más INRI, la reirán un centenar de curiosos además de la cincuentena de invitados. Y tendré que posar ante los fotógrafos en las clásicas posturas que me avergüenzan por antinaturales.
Asistí ya a un montón de bodas de conocidos, como simple invitado y aún así, sentía vergüenza ajena, ante todos los típicos actos de estos rituales. ……¡Vivan los novios!.......¡Que se besen!......¡Arroz para la fertilidad!......Todos a besar a la novia……¡Unas palabras del novio!...Que abran el baile……Panegíricos del cura, el padrino y el vecino de enfrente……¡Brindis por triplicado!.....Ramo para la amiga próxima a su casorio…..y todas las hipócritas recepciones de beneplácitos por parte incluso de desconocidos.


-Hombre si así lo siente, debía realizar la boda por lo Civil en el Ayuntamiento y con los testigos imprescindibles. Y en traje de calle.


-Esto no es factible. Voy a casarme con la mujer que más quiero y la boda clásica para las mujeres es la ilusión de su vida. Jamás me perdonaría haberla privado de tal satisfacción.

Las 9 a.m.
Insólito. Ante la escalinata de la Iglesia, se agolpaba una muchedumbre. No solo los invitados, las mujeres de toda edad; unas beatas, otras viudas y las más, cotillas conocedoras de la función en ciernes, por los anuncios obligados que durante un mes exhibía la Parroquia en panfletos y en tablón de avisos. Se convirtió nuestro enlace en el acontecimiento de interés Nacional.
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Las 12 a.m.
Los pillamos con las manos en la masa. Los invitados, de pie formando varios corros , animadamente comentaban sus propósitos realizados en la verbena fin de año.
Los camareros estaban colocando los últimos cubiertos en la mesa presidencial. Las demás formando herradura frente a la presidencial, aún estaban desmanteladas.
Las mujeres de las faenas, finalizaban el barrido del piso dejándolo expedito, para el baile.
Otros camareros, arrinconaban el excedente de mesas para no entorpecer . Encima les colocaban las sillas patas arriba.

Corriendo al vernos el maitre de ceremonias, se disculpaba:

-Perdone Don Carlos, nuestro retraso, se debe a que la fiesta de Revellón, se prolongó contra lo previsto, hasta las seis y el Servicio se retiró a descansar, sin tiempo a redecorar ninguna sala.

Diez minutos después, un tocadiscos emitía los clásicos compases dedicados a los novios y todos lo invitados pasaron a ocupar sus respectivos lugares según el criterio que Tere y yo habíamos acordado.

¿Acertado?. ¡Que va!. Sin seguir el compás de la música sonante, se estaba armando un jaleo mayúsculo. Los de la mesa tres se iban a la dos. Los de la dos a la cuatro, los de la cuatro repartidos entre la dos y la tres, enfín. Mejor no haber asignado plazas a ocupar.

En la Presidencia , a mi derecha, los únicos familiares que a su vez cumplieron como padrinos, mis tíos de Girona, de lejano contacto, más en el tiempo que en distancia kilométrica.

A mi izquierda, Tere, sus padres y unos de sus tíos y su prima.

El refrigerio resultó bien a fin de cuentas. El cocinero, se comportó mejor que los camareros, supongo por cuanto el menú era un noventa por ciento preparado en frío.

Las 3.p.m.
No aparecieron los músicos prometidos para amenizar el baile, por el mismo motivo que el de los camareros con su negligencia.
El Maitre, lo suplió, con una sesión de discjokey, que en aquél tiempo se llamaba simplemente colocador de LPs en el tocadiscos.

Aquello se pasaba de castaño oscuro. Estaba bien que nos ofrecieran un precio rebajado, pero no un servicio deficiente. A mi tío-padrino que ya se había encargado de visitar a la novia en su domicilio donde le entregó el clásico ramo, le dí el dinero convenido para atender la factura del hotel. Sin embargo le pedí que las disculpas del Maitre, procurara convertirlas en un demérito del valor estipulado. Total, que regateara.

Tere y yo, después de un par de bailes, nos fuimos raudos a mudar los trajes de novios por los de calle, en nuestros respectivos domicilios de soltero.

Las 5 p.m.
Llegados a la estación, fuimos testigos de la salida del tren directo a Tarragona. Por los pelos, no llegamos a tiempo. Tomamos billete para el siguiente que era un mercancías.
Total, paraba en todas las estaciones y llegaríamos a Tarragona al atardecer.

Las 7 p.m.
El Revisor del tren, al marcar nuestros billetes, nos advierte.

-Tenían que apearse aquí, pero ahora que ha arrancado el tren, no pueden hacerlo, está prohibido apearse en marcha.

-¿Cómo?.......¿Era Tarragona?.......

Unas risas incontroladas de los viajeros cercanos, alertaron a todo el vagón.
Ja,ja,ja, los novios acaramelados se evadieron del mundo real.

-Pero sr. Revisor. ¿No puede parar un instante?.

-De ningún modo, pero les informo que este mercancías dentro de un par de minutos parará, para dejar paso a un Rápido. Su parada será muy breve de modo que si prefieren apearse allí, en lugar de la estación de Salou, estén a punto y en cuanto se detenga, salten sin demora.

Sin tiempo a reflexionar los pros y los contras, agarré la maleta dije a Tere que llevara ella el maletín y nos dirigimos a la plataforma del vagón, siendo revistados por todos los pasajeros con sonrisas de oreja a oreja.
Tere, se puso el abrigo y me siguió, cuando el Revisor volvió a la carga.

-Pero, Sra. ¿Con tacones altos saltará?. De ningún modo . No dije nada, no puedo responsabilizarme de tal riesgo.

-No tema,- dije yo- saltaré primero y a ella le daré la mano.

Muy nervioso, con la mano a la puerta de salida para abrirla y saltar tan pronto parara el tren, me fijé en la distancia a recorrer de regreso para llegar a la estación donde debimos tomar el taxi para el Hotel Imperial Tarraco. Nos lo recomendaron y además dominaba el Mar, por ubicarse al lado del famoso Balcón del Mediterráneo.
Me estaba arrepintiendo de saltar. Casi era preferible llegar a Salou y olvidarnos de Tarragona, hasta la vuelta de Zaragoza.

Paró el tren y yo aún titubeando. Reaccioné y ya directo salté desde el primer peldaño que al no pararse el vagón ante un andén, se hallaba a una altura cientoveinte cms. del terreno. Para postre, no llano.

Automáticamente, tomé la maleta, le pedí a Tere que me diera el maletín y se descalzara. Los tacones podían aprisionarse en la plancha perforada de los peldaños al saltar.
Cumplió ya que el nerviosismo con la premura de la acción no permitía razonar, pero al intento del salto, se asustó. Descalza no podía exponerse a un terreno abrupto y hacerlo desde una altura que le daba miedo.

-Salta sin miedo a mis brazos mujer. Si casi puedo agarrarte los pies.

Saltó, me desequilibró, y caímos al suelo, de espaldas yo y ella abrazada a mi cuello encima mío.

Una ovación, proveniente de la totalidad de viajeros del vagón asomados a las ventanillas, hizo que fluyera mi sentido del ridículo.
Arrancaba el tren cuando oí los comentarios.

“Esos enamorados, que dan rienda suelta a la pasión en los lugares más inverosímiles”……..


Las 9 p.m.

La Luna llena, en noche serena, invitaba al romanticismo. Estuvimos de acuerdo que no podíamos acostarnos sin disfrutar de unos minutos, contemplando el brillo de las olas desde el rompiente del Puerto.

Vimos como se acercaba una en la lejanía, destacada entre las demás por su altura. A nuestros pies, la espuma de las recién llegadas, se disolvía para dar paso a la siguiente.

Al chocar con el muro protector, se elevaban varios metros convirtiéndose en polvo de minúsculas gotas. La Luna les daba su toque luminoso, verdaderamente fascinante. Y allí sin otro impedimento que el frío reinante, estábamos Tere y yo, embelesados por la belleza del Mar.

-Carlos, tengo frío. Ya me doy por satisfecha con lo visto.

-Aguarda un momento, mira la ola que se acerca. Será apoteósica su llegada. Luego nos vamos.

Fue una suerte divisar tan pronto el rótulo luminoso del Hotel, tan cercano al Puerto. Nos habíamos levantado sin ningún rasguño, tras el salto del tren. Tere guardó los zapatos de tacón alto, para calzarse unos planos. A pesar de ello, andar por la vereda lateral de la vía férrea, era una incomodidad. Nos hallábamos casi a dos kilómetros de la estación, pero el anuncio de aquél hotel a unos trescientos metros, tuvo el efecto de un imán.

Nos registramos para una noche, y tras ocupar la habitación, pedimos una cena ligera, ya que nuestro apetito no era de tal clase. Y aquella Luna iluminaba la campiña solitaria. Apetecía disfrutar de un paseo hasta el rompeolas.

Y tal como decía Tere, a pesar de ir abrigados, se notaba el frío que calaba a los huesos.

La ola llegó. Era altísima, esperábamos un espectáculo sin par.

Lo fue. El rompiente la elevó varios metros por encima de nuestras cabezas y lejos de convertirla en polvillo acuoso, nos cayó encima como verdadera cascada.

Reaccionamos de inmediato alejándonos del borde. Y empapados los dos, regresamos corriendo al hotel.

Subimos sin más a la habitación, nos desvestimos, extendimos la ropa para que secara, sobre los radiadores, y sin más nos metimos a la cama desnudos.

Tere tiritaba, abrazándola la cubrí con mi cuerpo, también frío. Nos tapamos incluso las cabezas bajo las mantas y aguardamos reaccionar.

No tardé en recuperar el calor. Primero el habitual del cuerpo humano, al que siguió el extra por disponer debajo mío a la mujer soñada.

Tere también reaccionó y al fin, dimos suelta de nuestras apetencias contenidas durante dos años.

Sin dejar de abrazarla, para no enfriar el ambiente, entre somnolencias, repetimos varias veces el acto.

Segundo día, 9 a.m.:

Con la ropa ya seca, al salir del baño se quejó de dolor en la garganta. Temía haberse enfriado. Bajamos a desayunar y a ella se le hacía doloroso tragar.

Y la afonía delataba que la cosa iba a mayores. Solicitamos un taxi y nos dirigimos a una farmacia. Le dieron unas pastillas para la afonía y seguimos paseando por las Murallas, hasta apostarnos en el famoso Balcón del Mediterráneo. Las ruinas del que fue Anfiteatro Romano, se hallaban a nuestros pies. Y desde allí divisamos el hotel que nos cobijó por fortuna. El Imperial Tarraco, quedaba postergado para un futuro, ya que caló fuerte el deseo provocado por quienes nos lo recomendaron.

Murallas de Rarragona


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El Balcón del Mediterráneo es uno de los puntos de mayor interés turístco de la ciudad de Tarragona. Se trata de un barranco de 23 metros de altura que se encuentra al final de la Rambla Nova, bordeado por una barandilla de hierro forjado, realizada por Joan Miquel Guinart, en el inicio del siglo XX.

El Balcón ofrece una bonita panorámica sobre el mar Mediterráneo, tal como se aprecia en esta fotografía. A los pies del balcón se encuentra la playa del Miracle y al fondo de la misma el llamado Fortí de la Reina un antiguo palacio y fortaleza que ha pasado a ser parte de la historia de la ciudad.

Delante se encuentra el monumento a Roger de Llúria, navegante catalán de origen calabrés que se hizo famoso por sus hazañas bajo el reinado de Pedro II el Grande. Al lado del Balcón del Mediterráneo se extiende el Paseo de las Palmeras, al final del cual se encuentra uno de los lugares más importantes de de la Tarraco Romana: el Anfiteatro Romano.

Este es uno de los monumentos que atrae turismo a Tarragona y que ayudó a que se la nombrara como Ciudad Patrimonio de la Humanidad.


Las 12 p.m.

Entramos en un bar para tomar un aperitivo. Tere, lo dejó a medias. Le dolía tragar. Volvimos a la farmacia. Le iniciaba fiebre. El farmacéutico, aconsejó tomar un febrífugo y mejor acostarse hasta que le bajara la inflamación, que podía durar varios días.

Aquello me alarmó lo indecible. ¿Cómo iba a realizar un viaje por tierras Hispanas, en aquellas condiciones?.

Telefoneé a mi suegra, para que nos acogiera unos días en la habitación que fue de su hija, dado el imprevisto. No podía tampoco llevarla en estas condiciones a nuestro hogar aún por estrenar.

A la mañana siguiente, llegaríamos y requeriríamos al Dr. De Nueva Vida, que así se llamaba la Clínica contratada para nuestra futura atención médica. También la estrenaríamos.

Tercer día, a las 9 a.m.

Ya en Barcelona, juré y perjuré a mi suegra, que no maltraté a su hija de ninguna manera, que fue algo fortuito. La culpa la tuvo la OLA.

Fin del viaje de novios. 50 horas de odisea.