miércoles, 10 de agosto de 2011

Parejas perdurables (continuación 53 )

El juego del gato y el ratón entre la Sra. Conchita y yo, se mantuvo hasta la consumación de las devoluciones del papel comercial ficticio.
Viendo como su apropiación de modo sofisticado del capital de la sociedad se trasladó a una demostrable estafa por crear una ilegal filial en manos del Chulo, decidí pasar definitivamente el caso a Rodriguez.

La sociedad de modas por descontado se disolvía. La Sra. Conchita, ex de Batlle, recibió citación para defenderse de la imputación de estafa.
Esto ya lo advirtió Rodriguez, no serviría para recuperar ni una peseta, aparte que acarrearía gastos judiciales , e incordio para la querellada.
Así fue. Tres años duraron las comparecencias, con unas incompresibles resoluciones llamadas Sentencias, que por poco resulto yo el culpable.

Pero la demanda contra el Chulo, estaba mejor definida. Se le reclamaba medio millón, que era la cantidad que tal como presumí, sería la definitiva como resto del millón y medio inicial estafado por la interfecta.
A pesar de su nula defensa, medio año se precisó para conseguir la sentencia de embargo del género acumulado y no satisfecho. El alquiler del local, al conocer la sentencia, fue desatendido por el Chulo y su clienta. Se sumó pues a mi reclamación, la del propietario, promoviendo su desahucio.
El Juzgado tuvo que almacenar en sus dependencias los cientos de vestidos y blusas, en espera de la subasta.

La subasta llegó a ejecutarse cuatro años después. La puja miserable obtenida, lo fue por cuanto aquél género no era apetente para un público normal. Lo era en todo caso para los amantes de los museos.
¿Qué joven, iba a interesarse por modelos de seis años atrás?.

Rodriguez, dijo que con aquella miseria, daba por satisfechos sus emolumentos. Tuvo que atender los gastos administrativos por almacenaje en el juzgado durante cuatro años.
Después de todo ya me lo advirtió. Los Ciudadanos honrados han de acudir a la Justicia y ésta aunque tarde, algún día llega.

No tuve opción: ¡Votos, para la eficaz Justicia!.
O, ¿es que es un negocio de la Administración, otorgando actividad laboral a Jueces, Abogados, Procuradores, Notarios, Registradores y demás elenco legal y administrativo?.

Pues la pérdida infringida, merced a la actividad de la Sociedad de Congelados, se mitigó, en tanto que progresó la construcción de los Apartamentos en Santa María y preparaba la del Restaurante que se le ocurrió a Ramón, darle el nombre original de C`an Regalesia.


Parejas perdurables ( continuación 53 a )

Ya entré en la Autopista de Gerona. Aquí, podré correr algo más. No me atreví al atravesar la ciudad. El coche, un sencillo Seat 6oo de la mujer de Jacinto, ha sido un préstamo de favor, ya que tengo el mío en el taller. Y velo para que pueda devolverlo esta noche inmaculado.

El que me lo haya ofrecido por su propio interés, dada su calidad de socio, no deja de ser una deferencia de amigo poco habitual. Y su mujer, al consentir, deposita gran confianza en mí.

Esto iba discurriendo, cuando noté un ruido repentino alarmante.

¡Vaya!, pensé. Lo que faltaba, que se estropee. Reducí la marcha, dirigiéndome al arcén, pero el ruido desapareció. Sin parar, volví al carril haciendo caso omiso de un ruido de advertencia.

Pues de nuevo el ruido, me alarmó y al intentar acelerar, era atronador. Reducí, pasé al arcén me apeé y no supe dar con el origen del ruido. Motor con temperatura normal, nivel agua, correcto, el del aceite, lo mismo. La explosión en régimen del motor, correcta. El ventilador con la correa tensa.

Agotando mi sapiencia, de nuevo, emprendí la marcha, pero esta vez me di cuenta que empezaba el ruido a los 60 km/h. Si aceleraba, la cosa se ponía fea.

Siendo ya tarde, me resigné a seguir los cien kilómetros que faltaban para llegar a las cámaras de congelación en Salt (Gerona), a menos de 60 Km/h. Llegaría con más de una hora de retraso, pero no me atreví a más.

Llegué dispuesto a traer también el coche prestado al taller. Lo telefoneé a Jacinto, para que supiera que no era por mi causa.

¡Que va!. No era mi causa. El motivo era la baca en la capota que iba de vacío. Pasados los 65 Km/h, se acababa el ruído. La vibración a esta velocidad producida por el aire, dejaba de ser audible. Se le olvidó decírmelo al entregarme el coche.

El regreso por el Autopista, alcancé los 110 Km/h, sin novedad. Y era el tope de velocidad que alcanzaban los Seat 600, al mismo tiempo que era límite permitido por Autopista, como si lo hubieran fabricado, consensuado con el ministerio de Tráfico.

A la mañana siguiente, recogí mi coche del taller y lo aparqué cerca del despacho.

Como tenía bastantes asuntos que resolver, no fui a comer a casa. Bajé al bar de la esquina a tomar un refrigerio, y en diez minutos ya estaba de nuevo metido en harina (es un decir).

Llamé a Tere y le dije que incluso llegaría tarde a cenar. No la sorprendió, pues ya lo tomaba como costumbre.

Y esta vez, llegué aún más tarde que de costumbre y en taxi.

Al salir del despacho ya tarde, me dirigía a dónde creía dejé aparcado el coche. Pero no era allí. Entonces hice memoria y recordé que aquél lugar había sido el normal que usé tres días antes. Di la vuelta a la manzana, pero no estaba. Ya dudaba dónde lo dejé. Casi nunca podía aparcar al mismo sitio por la densidad de vehículos por la zona del despacho. Sin embargo empecé a preocuparme. Di más vueltas en tres manzanas adyacentes y después de supervisar unos cientos de coches, sin hallarlo, al ser muy tarde, tomé un taxi con gran preocupación.

Tere me dijo:

-Te lo han robado. Esto está a la orden del día, parece que lo ignoras.

No lo ignoraba pero era difícil de asumir que me ocurriera a mí. Tanto es así, que a la mañana siguiente, amplié mi recorrido de inspección a las cinco manzanas adyacentes, a la que debía estar el coche. Con el mismo negativo resultado, decidí por fin denunciarlo a la policía. Y perder la mañana por presentarme a la comisaría y relatar el presunto robo ignorando hora del mismo. No me atreví a decir que posiblemente ya eran treinta y seis horas. Tampoco pude dar la ubicación concreta.

Esto era simplemente para servir al reclamar a la Cía, de Seguros. Pues sin tal requisito no respetan pólizas ni que estén a todo riesgo.

Luego el parte a la Aseguradora, y a pensar en adquirir otro vehículo, dando a éste por perdido definitivamente.

Jacinto se ofreció de nuevo. Hasta el fin de semana, podía usar el de su mujer. Se lo agradecí, pues evitaba en lo posible acudir a los coches de alquiler de Gómez.

Aún no me había endosado el Mercedes, pero esta sustracción, tuvo algo que ver para que posteriormente le aceptara la oferta de su fallido socio Andorrano.

El lunes siguiente a media mañana una llamada al despacho preguntan por mí y mi coche. Un desconocido me indicaba que se hallaba aparcado frente al Molino, local de fiestas, en el Paralelo.

Acudí y vi visiones. En perfecto estado, aparcado sin infracción alguna. ¿Cómo lo abandonarían con tal cuidado?. Al ponerlo en marcha lo entendí:

Se acabó la gasolina.