sábado, 12 de febrero de 2011

Parejas perdurables.(continuación 10ª)

Estando de Vigilancia, distribuí a la tropa de Servicio entre las calles y la casa de lenocinio.
Tenía referencias de ella, por la fama de su Madame Pirata. Se trataba de una mujer madura, con un parche negro en el ojo izquierdo. El alias era acertado.
La entrada en el local, imaginé como en las películas, que armaría alboroto entre los clientes, mayoritariamente militares. A decir verdad de civiles, entre pocos y ninguno.
Pero la reacción no la esperaba. Inmediatamente se nos acercó la Pirata, agradeciendo la visita e invitándonos a tomar un refrigerio, a pesar de saber que lo rehusaríamos por hallarnos de servicio.
La bienvenida según supe se debía a que antes de ser la Pirata, era una bella señorita que perdió un ojo a causa de uno de los incontables alborotos entre parroquianos. Con nuestra presencia no se producían altercados.
Al salir del servicio, innecesario a la hora de retreta ya que la tropa debía evacuar el local, decidí unirme a las rondas de mis compañeros, agotando los pocos días que me restaban para disfrutar de ellas.

Mi grupo usual, charlando con lugareñas, me llamó para presentarme a sus acompañantes.

-¡ Ah, es el oficial del balcón!. Dijo una de ellas.

Intrigado, pregunté a que se refería.

-Si, los pies al fresquito.

¡Ya!. Hacía casi dos meses que antes de acostarme, me tumbaba en pijama, al balcón con los pies salidos entre los barrotes de la baranda por ser mi estatura superior a su longitud. Por lo visto sin enterarme era visualizado a diario por los paseantes de los soportales.

Y es que con el calor reinante, la cama hasta la madrugada, era una sauna.
Me sonrojé, al imaginar la estampa que debí presentar al público que me observaba, pero ya me desentendí, puesto que en realidad solo era un número entre tantos Polacos, que pronto nos ausentaríamos.

Seguimos la ronda ya sin ellas chateando como de costumbre y como de costumbre, al llegar a la tasca cuya “tapa” de regalo, consistía en un chato de caldo, permanecía fuera para incorporarme al grupo a su salida y seguir el Vía Crucis.
Me repugnaba el caldo desde mi infancia. A pesar de los elogios de mis compañeros a favor de tan original “tapa”, no conseguían sacarme de mis prejuicios.

Diez días después me tocó el último servicio de Semana. Concluido el cual, ya estábamos todos licenciados. Era cuestión de devolver el despertador al relojero para recuperar el 50% prometido.
El hombre casi avergonzado, se excusaba por no devolvernos una cantidad mayor, ya que mermaba su parco beneficio.

¡Vaya, con el honrado relojero!. Cómo si no nos hubiera devuelto nada. Estabamos dispuestos a ello, por cuanto su valor del cincuenta por ciento repartido entre cuatro era una miseria, que al relojero si le podía beneficiar. Le agradecimos su servicio y decidimos emplear aquél capital, en la última ronda por los soportales de Alcalá.

Esta fue apoteósica. Nos animamos más de la cuenta y con ello, al llegar a la famosa tasca del caldo, me desinhibí y entré.

¡Ave María Purísima!. Lo que me perdí durante seis meses. Los elogios de los compañeros, me parecieron muy cortos.
Aquello no era el caldo que yo desde niño detestaba tanto por su aroma como por su sabor. Esto era un CALDO diablos. Lo servía el barman en vaso corto. El caldo sacado de una olla hirviendo en el mostrador, con componentes de crustáceos variados y especias como el ají y otras.

Una vez engullido el líquido, unas ganas locas de refrescar la boca, afloraban sin piedad.

-Vino, o cerveza, podéis repetir. Agua prohibida.

Era lo que siempre remarcaba el barman. Evidente que velaba por el negocio. Y el acierto de aquel brebaje, merecía secundarle.

Aquel arrepentimiento, lo mantuve toda mi vida, por lo que años después intenté elaborar el caldo por mi cuenta, sin conseguir la gracia del barman de Alcalá.


Durante todo el día tanto yo como los colegas, lo pasamos con exacerbado nerviosismo. Ni siquiera tuve apetito a la hora de comer. Salí del cuartel como todos y nos dispusimos a preparar maletas y deshacernos de los objetos ya innecesarios, para la partida.

A media tarde, ocupados los cuatro camaradas en nuestro quehacer, Ramón indicó.

-¿Alguno de vosotros tiene mis calcetines ?

-Y ¿No os habréis equivocado de calzoncillos?. No aparecen los míos.

Preguntó Pedro.

-Habrá que preguntar a Doña Engracia cuando regrese, si extravió prendas de lavado, porqué a mí me faltan los guantes y pañuelos. ¿No te falta nada Carlos?.

Dijo Ernesto.

En principio, a mí no me faltaba nada ni tenía nada de mis compañeros.

-No cantes victoria Carlos. Ven acá. Mira.

Dijo Pedro.

Había entrado en la habitación de Herminia y en su mesita, había un acopio de prendas nuestras, plegadas y ordenadas en varios cajones.

Le reprendimos por haber entrado en la habitación de la hospedera, máxime cuando no tardarían las hermanas en volver de su paseo, pero es que la evidencia hizo transgredir toda precaución.

Ni me lo creía, pero sí allí había ropa interior mía. ¿A qué obedecía tal rareza?.

Por primera vez hablamos dando nuestras opiniones. Unos que se trataba de una cleptómana. Otro que era una fetichista. Y yo preferí imaginar que era una nostálgica que pensó que sin darnos cuenta obraría en su poder un recuerdo de nuestro paso por su casa.

Cada cual recogió sus prendas, pero quedaba en mente que Herminia sabría que entramos en su habitación. ¿Qué decir?.

-Tranquilos todos, veréis como no osará comentar nada, por temor a quedar en evidencia ante su hermana por nuestras respuestas. Seguro que Engracia, no tiene idea de la operativa de Herminia.

Deducimos que al extraviar parte de la última entrega que dimos de ropa a lavar, conociendo ella nuestra partida inmediata, creería que su falta pasaría desapercibida.

Así fue como cuando nos despedimos, ni ella ni nosotros hicimos comentario alguno.

Mi último servicio aquella tarde fue la de formar a la tropa y leer el parte de retreta.

¿Era así cómo se mofaba de mí el Destino?. Yo mismo tuve que leer oficialmente ante la formación del Escuadrón, el aumento del 50 % de paga para los futuros oficiales de Complemento. Y entraba en vigor al día siguiente. Era como un despido de :

Ale, con viento y barca nueva. Ya te explotamos bastante.

¿No se había podido producir tal aumento mientras estábamos nosotros?. Las penurias me hicieron espabilar. Cosa que de seguro teniendo sobrado para los gastos de hospedaje y manutención, mi estada en Alcalá hubiera sido muy diferente.

Pero pensándolo mejor, no debió ser este un mal que por bien no viniera. Ahora disponía de unos ahorros por mi trabajo, de los que carecería, si no me hubiera visto obligado a espabilar.