martes, 26 de abril de 2011

Parejas perdurables (continuación 33)


Saliendo del Hotel, nos prestamos a conocer Perpiñán.

-Es bonito el paseo por esta avenida con el río Tet.-Comentó Tere.

-Sí, pero no tiene que ver con el Ter de Cataluña Sur, según nos llaman los de Perpiñán. Y tampoco con el Cer.
No sé que mente imaginativa se fundió para dar tan variada nominación. Sólo se presta a confusión.



Rio tet

-Ya estás tranquila por fin, ¿eh?. Los nenes aligeraron las tripas.

-Encuentro raro que siendo esta Ciudad también del Sur de Francia se distinga tanto de las que hemos recorrido.

-Es que esto es la Cataluña Norte, es la capital del Rosellón. Antes de formar parte de Francia, la antigua Cataluña abarcaba ambas partes del Pirineo.


Perpiñán



http://es.sunfrance.com/descubrir/de...rbano/perpinan
Datos de Perpiñán

Para los Catalanes de España, al hablarse también el mismo idioma en la parte Francesa, representa y es una continuación de su País.
Sin embargo en cada lado de los pirineos, rigen leyes distintas, correspondientes a las de sus Estados.

Durante la Dictadura Franquista, la catalogación de los filmes eróticos, demostraba un puritanismo, rayano a lo ñoño. Como en la parte Francesa la no había censura, la afluencia de Barceloneses a las pantallas de los cines de Perpiñání, fue masiva. Buen negocio les reportó esta clase de turismo durante tantos años.
La película que causó furor, fue El Último Tango en París.

Los niños, parecía que olían la vuelta a casa. Una vez satisfechos por hallar unos sanitarios semejantes a los conocidos por ellos, recobraron la alegría de vivir. Les gustó recorrer la estación de ferrocarril, ya que es la unión principal de la comunicación Hispano-francesa. Dalí la llamó el Ombligo de Europa. El Ónfalo.


Estación de Perpiñán


Cuadro de La estación de Perpiñan, por Dalí

Por lo visto, el nombre de Ónfalo, lo dio Dalí por el paralelismo entre este enclave de la Estación en Perpiñán y el del enclave de Delfos, para los Griegos.


Ónfalo de Delfos


http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%93nfalo
Ónfalo, por wikipedia



Un visitante delante de la Estación de Perpiñán. Al lado la escultura en bronce "Metamorfosis de la Venus de Milo", 1964


Como ya ansiábamos llegar a casa, no nos estuvimos mucho tiempo, pensando que hallándose esta Ciudad a la vuelta de la esquina, podíamos volver con facilidad cuando apeteciera.
Tuve la tentación de llegar a La Reserva Africana de Sigean, que está a unos 40 km al norte de Perpiñán, a los niños les hubiera gustado, ya que se trata de un parque zoológico en el que los animales viven en libertad, pero ello hubiera demorado otro día el regreso.

Siendo el mediodía, nos detuvimos como última parada en el Hotel de Le Village Catalan, a comer.




Después de comer ya con la única parada en la frontera, para visado del pasaporte, nos saltamos Figueras, ciudad natal de Dalí, en Girona repostamos gasolina y al atardecer Tere se encontró abriéndole la puerta de casa de sus padres a Jordi con su frase lapidaria:

-Perqué te`n anaves i m`has deixat sol, eh?. (¿Por qué te fuiste y me dejaste solo eh?)


Cuenta Tere:

En cuanto llegamos a casa, tras el viaje todo volvió a ser más o menos como antes. Tan sólo había cambiado que durante el trayecto descubrí muchas cosas que desconocía del País. Con los años he ido descubriendo que la mejor manera de aprender geografía es sin dudarlo poder viajar.

Empecé a buscar en la libreta que siempre que he viajado he llevado conmigo, todas las cosas que había ido anotando.

Al leerlo de nuevo, volvía a sentir lo mismo que cuando lo viví por primera vez, y eso desde entonces me dio ánimos para no dejar de anotar muchas cosas, aunque fueran de lo más absurdo. Tarde o temprano me servirían de tema para mis narraciones.

Y de esta manera surgió “un día diferente,” que a lo largo de tantos años se ha ido repitiendo. Un montón de anécdotas que ahora al leerlas de nuevo me hacen sentir nostalgia, unas veces, y otras me rio a carcajadas por las innumerables travesuras de los hijos.



U N D I A D I F E R E N T E



Tenía ante sí la máquina de escribir, con las manos en posición como si estuviera a punto de interpretar un gran concierto de piano, la cabeza busca afanosamente un motivo para exponerlo letra tras letra, oración tras oración gramatical, relatando con destreza alguna idea que tenga su encanto.

Algo como un remolino se mueve dentro de su cabeza, tiene una idea vaga, pero le falta saberlo expresar. Le cuesta encontrar palabras sencillas, pero expresivas que lleguen por completo al lector. Piensa que tan sólo con un poco de concentración, lo conseguirá.

La narración empieza como casi todos los cuentos, una vez la primera frase, las palabras van fluyendo y logra describir las escenas que tiene en la mente sin demasiados contratiempos

El teléfono llama insistentemente, y con un gesto impaciente descuelga el auricular. La llamada no es para ella, toma nota del encargo que le dan para transmitirlo al familiar, mientras contesta con monosílabos. Ha dejado anotado todo en un papel.

Se vuelve a sentar ante la máquina de escribir. ¿Por dónde iba? Lee lo que acababa de expresar momentos antes de la llamada, y se queda inmóvil con los ojos cerrados, buscando las palabras exactas que darán vida a sus personajes, palabras que cuando ha sonado el teléfono, parecía que emanaban fluidamente de su cerebro, y que ahora tras la distracción, parece que han desaparecido por completo.

Inexplicablemente ahora no recuerda cuáles eran, le parece que lo que quería decir, ya no lo ve tan importante ni bonito como antes, y se queda en suspenso, pensando.

Teclea unas frases y después de leerlas las tacha, no le gustan. Por suerte es un borrador donde puede hacer todas las modificaciones que crea conveniente.

Por fin encuentra las palabras exactas, y los dedos corren ligeros por las letras, y el papel se llena de escenas, de hechos fantasiosos. Está contenta porque en pocos momentos ha sabido expresar cosas que retenía en su cabeza, y las ha sabido transmitir al papel. Quién sabe si alguien cuando lo lea se sentirá identificado con sus pensamientos.

Unas llamadas a la puerta, consiguen que de mala gana se levante de la silla, no sin rezongar por el camino, por la nueva interrupción.

Un poco agresiva pregunta por el interfono quién es. Desde la calle le piden que abra la puerta, es el cartero que necesita entrar. Duda unos momentos, pero acaba haciendo lo que le piden. Ha quedado un poco intranquila. ¿Y si no fuera cierto? Decide asegurarse y abre la ventana del pasillo desde donde se puede ver la entrada de la escalera. Comprueba personalmente que en efecto es el repartidor de Correos que va depositando en los buzones la correspondencia.

Respira tranquila después de verlo con sus propios ojos. Hubiera podido ser un desaprensivo – como los hay en la actualidad – que hubiera aprovechado cuando ella le ha abierto la puerta, para hacer cualquier desmán. O como los había tantos que luego iba piso por piso ofreciendo artículos de rebaja.

Bueno…otra vez ante la máquina de escribir. Lee las últimas frases que ha escrito. Ya no sabe exactamente por dónde iba el relato. Lo vuelve a leer todo, y le parece que algunas frases no han quedado bastante claras, ni están bien expresadas, que ha usado palabras que aunque son buenas, les falta sentimiento. Esto mismo, seguro que se puede decir de otra manera, más contundente, para realzar la acción. Se levanta y busca en el libro de sinónimos lo más apropiado. Sí, ahora ha quedado mucho mejor. Se da cuenta que ella misma, se hace los reproches, y ella misma se propone la solución.

Antes de volverse a sentar, se acerca hasta la lavadora de la ropa, para asegurarse si ya ha terminado el ciclo rápido de lavado. Todavía faltan unos minutos.

Comprende que es mejor no sentarse ante la máquina de escribir hasta que la ropa esté a punto de tenderla, después volverá a sentarse y tratará de seguir con un mínimo de interrupciones.

Para aprovechar aquellos minutos, decide hacer una llamada telefónica, dejando el reloj de manera que lo pueda ver en todo momento. Mientras habla, está pendiente de los centrifugados que hace la lavadora, éste ya debe ser el último, y aprovecha para cortar la conversación telefónica. Asegurándole a su amiga que en otro momento, continuarán la charla.

Mientras tiende la ropa, va pensando en cómo desarrollará el argumento que tiene a medias en la máquina de escribir.

Se da prisa, quiere terminar cuanto antes para poder sentarse ante las hojas en blanco, para exponer todo aquello que ahora ve con mucha claridad.

Las letras van apareciendo sin dudas, y las ideas quedan expuestas tal como ella las siente. Una vez terminado, lo vuelve a leer, corrige unas cuantas frases; sólo le queda pasarlo todo en limpio, y hacer copias.

La mejor cosa que puede hacer ahora es olvidarse momentáneamente del escrito, terminar con las tareas de la casa, y después de comer, cuando vuelva a quedarse sola en casa, sin ruidos ni nadie que la moleste, terminará definitivamente el trabajo.

En la cocina cuando ya todos se han ido, mientras prepara una cafetera va pensando si todo lo que ha plasmado gustará. Se encoge de hombros. ¡Es tan difícil llegar al corazón de la gente! Y no es este el único problema, ella no es una profesional de la escritura, lo hace porque le gusta, porque cuando escribe le parece que ha llenado un vacío, muy adentro de su ser. Se convence diciéndose a sí misma que sirve para algo más que criar a los hijos.

Pensándolo bien, la cuestión de educar a unos chiquitos, y hacerlos responsables, para que el día de mañana sean nobles, trabajadores, y honrados, ya es una tarea francamente difícil; aunque lo ha hecho con ilusión, y ternura en su momento, ella piensa que también tiene derecho a que su persona tenga otros alicientes, no sólo la familia aunque sea lo más importante. Sabe que el papel de madre nadie se lo podrá quitar nunca.

Reconoce que a pesar de todo no ha sido una tarea fácil enseñarles aquello que cree les puede ser más conveniente para ellos. Hoy en día todo ha cambiado demasiado, y no se puede tomar como modelo lo que a ella le enseñaron.

Con la taza de café con leche en la mano se dirige a la mesa del comedor.

Papeles, libretas, hojas de papel carbón “típex”, dos diccionarios, todo diseminado de cualquier manera encima de la mesa dando una sensación de desorden apabullante. Mira la hora que es. Tiene exactamente tres horas para poder trabajar tranquila, sin que nadie la moleste.

Decidida se dirige hasta el teléfono, y lo descuelga. Cierra la puerta del recibidor, y las dos que dan al comedor, mientras piensa muy convencida que aunque llamen desde abajo, ella no lo va a oír, por lo tanto no se quedará preocupada si llaman.

Ahora sí, ahora se sienta y entre sorbo y sorbo de café con leche, va escribiendo.

Se deleita transmitiendo al papel todo lo que ha ido imaginando en su mente.

Es una historia sin demasiada relevancia. Los personajes aunque ficticios no dejan de tener alguna similitud con las cosas que ella, o alguien cercano han vivido. Se congratula porque mientras ha ido desenvolviendo la historia, es como si la hubiera vivido en primera persona. Es como una huida de la monotonía y pesadez de lo cotidiano.




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